DEUTSCH
ENGLISH
ESPAÑOL
FRANÇAIS
.
LA LEY FUNDAMENTAL
LOS ÓRGANOS CONSTITUCIONALES
EL ORDENAMIENTO JURÍDICO
FEDERALISMO Y AUTONOMÍA
PARTIDOS Y  ELECCIONES
PAÍS Y GEOGRAFÍA 
LOS ESTADOS FEDERADOS
LA POBLACIÓN
CIUDAD Y ESTADO DE HAMBURGO 
HISTORIA HASTA 1945
HISTORIA DE 1945 HASTA HOY
HISTORIA DE HAMBURGO
X
X
X

Historia hasta 1945


Todavía en el siglo pasado se creía saber con exactitud cuándo había comenzado la historia alemana: en el año 9 después de Cristo. En aquel año, Arminio, príncipe de la tribu germánica de los queruscos, derrotó en la Selva de Teutoburgo a tres legiones romanas. Arminio, de quien poco o nada se sabe, era considerado como el primer héroe nacional alemán. Durante los años 1838-1875 se levantó en su honor un enorme monumento cerca de Detmold.

Hoy las cosas ya no parecen tan sencillas. La génesis del pueblo alemán es un proceso que duró varios siglos. La palabra «deutsch» (alemán) aparece por primera vez en el siglo VIII y designaba, en un primer momento, tan sólo el idioma que se hablaba en la parte oriental del Imperio Franco. Este Imperio, que alcanzara su máximo esplendor bajo Carlomagno, abarcaba pueblos que, en parte, hablaban dialectos germánicos y, en parte, románicos. Tras la muerte de Carlomagno (814), el Imperio no tarda en dividirse. Como consecuencia de particiones de herencia, surgieron dos imperios, uno en el Este y otro en el Oeste. Sus límites coincidían aproximadamente con la división entre el idioma alemán y el francés. Lentamente fue desarrollándose en los habitantes del Imperio Oriental el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad. La designación «alemán» comenzó a ser aplicada no sólo al idioma sino también a las personas que lo hablaban y, finalmente, al territorio que habitaban: «Deutschland» (país de los alemanes).

La frontera occidental alemana fue fijada en una época relativamente temprana y permaneció estable. En cambio, la frontera oriental estuvo durante siglos sujeta a fluctuaciones. En torno al año 900, estaba fijada por los ríos Elba y Saale. En los siglos subsiguientes, se establecieron colonias alemanas en territorios del Este. Este movimiento se detuvo solo a mediados del siglo XIV. El límite entre pueblos germanos y eslavos que entonces se estableciera se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial.

La Alta Edad Media. Generalmente se establece como fecha del paso del Imperio Oriental de los francos al Imperio Alemán el año 911, cuando, al extinguirse la dinastía carolingia, se eligió como rey al duque de los francos Conrado I. Es considerado como el primer rey alemán. (El título oficial era «rey franco», más tarde, «rey romano»; el nombre del imperio es desde el siglo XI «Imperio Romano»; desde el siglo XIII, «Sacro Imperio Romano»; en el siglo XV se introduce el agregado «de la Nación Alemana»). El Imperio era una monarquía electiva; el monarca era elegido por la alta nobleza. Al mismo tiempo, regía también el «derecho de sangre»; el nuevo monarca debía estar emparentado con su antecesor. Sin embargo, este principio no fue siempre respetado; más aún, en algunos casos se produjeron elecciones dobles. El Imperio medieval no tuvo una ciudad capital; el monarca gobernaba desplazándose de un lugar a otro. Tampoco existían impuestos imperiales; el monarca atendía a sus gastos con los llamados «bienes imperiales», que administraba en fideicomiso. Su autoridad no era reconocida sin más; solo a través de su poder militar y de una hábil política de alianzas podía conseguir el respeto de los poderosos ducados. Esto lo logró por primera vez el sucesor de Conrado, el duque de Sajonia Enrique I (919-936) y, en mayor medida aún, su hijo Otón I (936-973). Otón logró realmente dominar el Imperio. Su gran poder se manifestó en el hecho de hacerse coronar emperador en Roma, en 962.

Desde entonces el rey alemán aspiró también a la dignidad de emperador. Por definición, el Imperio era universal y otorgaba a quien ostentaba el título de emperador el dominio sobre todo el Occidente. Sin embargo, esta idea del imperio nunca alcanzó su plena materialización política. A fin de ser coronado emperador por el Papa, el rey debía trasladarse a Roma. Así comenzó la política italiana de los reyes alemanes. Durante 300 años lograron dominar Italia central y septentrional pero, con ello, descuidaron importantes tareas en Alemania. Los sucesores de Otón sufrieron fuertes derrotas en su propio país. Bajo la dinastía subsiguiente de los Salios, el Imperio experimentó un nuevo florecimiento.

Con Enrique III (1039-1056), el Reino e Imperio Alemán llegó a la cumbre de su poder; sobre todo, logró imponer decididamente su predominio frente al papado. Enrique IV (1056-1106) no pudo mantener esta posición. En la lucha a causa de la designación de obispos (querella de las investiduras) derrotó solo aparentemente al Papa Gregorio VII; su peregrinación a Canossa (1077), a fin de someterse al Papa, significó para el Imperio una pérdida de jerarquía que no lograría recuperar jamás. Desde entonces, el Emperador y el Papa se enfrentarían como dos poderes en pie de igualdad.

En 1138 comenzó el siglo de la dinastía de los Staufen; Federico I Barbarroja (1152-1190), en sus luchas contra el Papa, las ciudades del Norte de Italia y su principal rival en Alemania, Enrique el León, duque de Sajonia, conduciría al Imperio a una nueva época de esplendor. Sin embargo, bajo su gobierno comenzó también una división territorial que terminaría debilitando el poder central. Este proceso continuaría bajo los sucesores de Barbarroja, Enrique VI (1190-1197) y Federico II (1212-1250), no obstante el gran poder del emperador. Los príncipes seculares y eclesiásticos se convirtieron en «semisoberanos», en señores de sus respectivos territorios.

Con la desaparición de los Staufen (1268), termina de hecho el Imperio universal occidental. Las fuerzas centrífugas existentes en el interior impidieron que Alemania se constituyera en un Estado nacional, proceso que en aquella época comenzaba a llevarse a cabo en los restantes países de Europa Occidental. Aquí se encuentran las raíces de un proceso que haría de Alemania una «nación tardía».

Fin de la Edad Media y comienzo de la Edad Moderna. Con Rodolfo I (1273-1291) llega por primera vez un Habsburgo al trono. Los fundamentos materiales del Imperio ya no eran los entonces desaparecidos bienes imperiales sino los «bienes de la casa» de la respectiva dinastía reinante; la política de incremento del poder de la casa imperial se transformó en el principal objetivo de cada emperador.

La Bula de Oro de Carlos IV, en 1356, una especie de Constitución imperial, otorgó a siete príncipes, los príncipes electores, el derecho exclusivo a elegir al emperador, a la vez que les confirió otros privilegios frente a los demás nobles. Mientras los pequeños condes, señores y caballeros iban perdiendo poco a poco su importancia, aumentaba la influencia de las ciudades en virtud de su poder económico. La unión de estas últimas en federaciones de ciudades contribuyó a reforzar aún más su poder. La más importante de estas federaciones, la «Liga hanseática», se convirtió, en el siglo XIV, en potencia dominante del Mar Báltico.

Desde 1438 -y a pesar de que el Imperio era formalmente una monarquía electivala corona fue transmitida de hecho por herencia dentro de la casa de Habsburgo, la cual, por otra parte, se había transformado en la potencia territorial más importante. En el siglo XV comenzaron a hacerse sentir, cada vez con mayor exigencia, los reclamos de una reforma del Imperio. Maximiliano I (1493-1519), que fue el primero en recibir el título de emperador sin haber sido coronado por el Papa, trató sin mucho éxito de llevar a cabo una reforma. Las instituciones por él creadas o reformadas -dieta imperial, distritos imperiales, cámaras de justicia imperialessubsistieron en verdad hasta el fin del Imperio en 1806 pero no pudieron impedir su creciente escisión. Comenzó a desarrollarse el dualismo «emperador-Imperio»: frente al emperador se encontraban los estamentos imperiales (príncipes electores, príncipes y ciudades). El poder del emperador fue limitado y reducido cada vez más a través de las «capitulaciones», es decir, acuerdos firmados con los príncipes electores al ser elegido. Los príncipes, especialmente los más poderosos, ampliaron considerablemente sus derechos a costa del poder imperial. Con todo el Imperio se mantuvo unido: el brillo de la corona imperial no se había extinguido todavía, la idea del Imperio se mantenía viva y en su seno los territorios pequeños y medianos hallaban protección frente a los ataques de vecinos poderosos.

Las ciudades se convirtieron en centros del poder económico; se beneficiaron principalmente del comercio creciente. En la industria textil y en la minería surgieron formas de organización económica que superaron los gremios artesanales y, al igual que el comercio con regiones remotas, presentaban rasgos de un capitalismo incipiente. Al mismo tiempo, se produjo una transformación espiritual condicionada por el Renacimiento y el Humanismo. El nuevo espíritu crítico se dirigió, sobre todo, contra las deficiencias de la Iglesia.

La época de la escisión religiosa. El descontento cada vez mayor con la iglesia alcanzó su punto culminante con la aparición de Martín Lutero y, a partir de 1517, se transformó en el movimiento de la Reforma, que rápidamente se expandió por Europa. Sus consecuencias superaron ampliamente el marco religioso. El tejido social se vio sacudido en sus cimientos. En 1522/23 se produjo la rebelión de los caballeros del Imperio: en 1525, la Guerra de los campesinos, primer gran movimiento revolucionario de la historia alemana, en el que se vincularon afanes políticos y sociales. Ambas rebeliones fracasaron y fueron sofocadas a sangre y fuego. Quienes mayor provecho sacaron de la Reforma fueron los príncipes territoriales. Después de años de lucha, en los que alternaron triunfos y derrotas, en la Paz de Augsburgo, en 1555, obtuvieron el derecho de imponer la religión a sus súbditos. La confesión protestante fue reconocida con iguales derechos que la católica. Quedaba así sellada la división religiosa de Alemania. En la época de la Reforma, ocupaba el trono Carlos V (1519-1556), quien había heredado el imperio más grande del mundo después de la época de Carlomagno. El enorme esfuerzo desplegado por hacer valer sus intereses en la política mundial le impidió imponerse en Alemania. Después de su abdicación, el imperio mundial se dividió; los Estados territoriales alemanes y los Estados nacionales de Europa Occidental constituyeron un nuevo sistema de Estados europeos.

En la época de la Paz de Augsburgo, Alemania era, en sus cuatro quintas partes, protestante. Sin embargo, la lucha entre las confesiones religiosas no había terminado. En los decenios subsiguientes, la Iglesia Católica logró recuperar numerosos territorios (Contrarreforma). Las diferencias religiosas se agudizaron; se llegó a la formación de partidos religiosos: la Unión protestante (1608) y la Liga católica (1609). Un conflicto local en Bohemia provocó la Guerra de los Treinta Años que, con el transcurso de los años, se convirtió en un conflicto europeo en el que estallaron las diferencias políticas y religiosas. Entre 1618 y 1648, grandes partes de Alemania fueron asoladas y diezmadas. La Paz de Westfalia de 1648 implicó cesiones territoriales a Francia y Suecia; confirmó la separación de Suiza y Holanda del Imperio. A los estamentos imperiales se les otorgó muy amplios derechos de soberanía en cuestiones religiosas y seculares y se les permitió firmar alianzas con países extranjeros.

La época del Absolutismo. Los casi soberanos Estados territoriales, siguiendo el modelo francés, adoptaron como forma de gobierno el Absolutismo. Se otorgó poder ilimitado a los monarcas pero, al mismo tiempo, se establecieron las condiciones para poder crear una administración pública bien organizada, introducir un sistema económico-financiero ordenado y formar ejércitos permanentes. Muchos príncipes aspiraron a que sus sedes de gobierno se convirtieran en centros de la vida cultural. Algunos de ellos, representantes del «Despotismo ilustrado» promovieron las ciencias y el pensamiento. La política económica, el mercantilismo, reforzó también el poder económico de los Estados sujetos al régimen absolutista. Así, territorios como Baviera, Brandeburgo (que más tarde sería Prusia), Sajonia y Hannover se transformaron en centros autónomos de poder. Austria, que había rechazado el ataque de los turcos, conquistando Hungría y parte de los países balcánicos que habían estado bajo la dominación turca, se convirtió en gran potencia. En el siglo XVIII, le surgiría como rival Prusia, que bajo Federico el Grande (1740-1786) se convirtió en una potencia militar de primer orden. Partes del territorio de estos dos Estados no integraban el Imperio y ambos pretendían llevar a cabo una política europea de gran potencia.

La época de la Revolución Francesa. El golpe que derrumbó el edificio del Imperio vino del Oeste. En 1789 estalló la revolución en Francia. Bajo la presión de la burguesía, se eliminó el orden social feudal que existía desde comienzos de la Edad Media; la división de los poderes y los derechos humanos debían asegurar la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos. El intento de Prusia y Austria en el sentido de intervenir con la fuerza de las armas en los asuntos internos del país vecino fracasó lastimosamente y provocó el contraataque de los ejércitos revolucionarios. Bajo el asalto del ejército de Napoleón, que en Francia había recogido la herencia de la Revolución, se derrumbó definitivamente el Imperio. Francia ocupó la margen izquierda del Rin. Para compensar a los señores de estos territorios las pérdidas sufridas, se llevó a cabo una enorme «concentración territorial» a expensas de los principados de menor tamaño y sobre todo de los eclesiásticos: en virtud de la «Resolución de la Dieta Imperial» de 1803, unos cuatro millones de súbditos cambiaron de señor. Los Estados centrales fueron los ganadores. La mayoría de ellos se unieron, bajo protectorado francés, en 1806, en la «Federación del Rin». En el mismo año, abdicó la corona el emperador Francisco II; el Sacro Imperio Romano de la Nación Alemana había concluido.

La Revolución Francesa no se extendió a Alemania. Por cierto que en este país ya en los años anteriores algunas personalidades habían tratado reiteradamente de superar las barreras entre la nobleza y la burguesía y algunos intelectuales importantes saludaron los cambios producidos en el Oeste; pero la chispa difícilmente podía encenderse en Alemania porque, a diferencia de lo que sucedía en Francia con su organización centralizada, la estructura federal del Imperio dificultaba la difusión de las nuevas ideas. A esto se agregó el hecho de que precisamente el país del que procedía la revolución, es decir, Francia, se le presentaba a los alemanes como enemigo y como potencia de ocupación. De la lucha contra Napoleón surgió más bien un nuevo movimiento nacional que finalmente culminó en las guerras de liberación. Pero Alemania no dejó de ser afectada por las fuerzas del cambio social. Primeramente en los Estados de la Federación Renana y luego en Prusia (vinculadas aquí con los nombres de Stein, Hardenberg, Scharnhorst, Guillermo de Humboldt y otros), se introdujeron reformas que terminaron por eliminar las barreras feudales y aspiraban a crear una sociedad burguesa de ciudadanos libres y responsables de su destino: supresión de la servidumbre, libertad de agremiación, autonomía municipal, igualdad ante la ley, servicio militar obligatorio. Sin embargo, algunas reformas quedaron a medio camino. La participación en las tareas legislativas permaneció, por lo general, vedada a los ciudadanos; solo a regañadientes algunos príncipes sobre todo en el sur de Alemania otorgaron constituciones a sus Estados.

La Confederación Germánica. Después de la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena, 1814-1815, estableció un nuevo orden en Europa. Las esperanzas de muchos alemanes de lograr un Estado nacional, unido y libre, no se realizaron. La Confederación Germánica, que surgiera en sustitución del antiguo Imperio, era una asociación poco firme de diversos Estados soberanos. Su único órgano era la Asamblea Federal de Francfort, que no era un parlamento de representantes elegidos sino un congreso de representantes de los diversos monarcas. La Confederación funcionaba solo cuando estaban de acuerdo las dos grandes potencias, Austria y Prusia. Su tarea principal consistió, en los decenios subsiguientes, en impedir el éxito de todo esfuerzo encaminado a lograr una mayor libertad y unidad. La prensa y la publicística estuvieron sometidas a una fuerte censura, las universidades fueron controladas y la actividad política fue prácticamente imposible.

Mientras tanto, se había iniciado un moderno desarrollo económico que se oponía a estas tendencias reaccionarias. En 1834 se estableció la Unión Aduanera Alemana y, con ello, se creó un mercado interno unitario. En 1835 se puso en funcionamiento el primer tramo ferroviario alemán. Así comenzó la industrialización. Junto con las fábricas, apareció la nueva clase del obrero fabril. Estaba integrada por personas que en un principio habían encontrado en la industria mejores posibilidades de ingresos; pero el rápido crecimiento de la población condujo pronto a una superoferta de mano de obra. Como, además, no existía legislación social alguna, la masa de los obreros vivía en la extrema miseria. Las tensiones se descargaron violentamente, como en 1844 con la rebelión de los tejedores de Silesia, sofocada por el ejército prusiano. Solo vacilantemente se fue formando un movimiento obrero.

La Revolución de 1848. A diferencia de lo que sucediera con la Revolución de 1789, la Revolución de febrero de 1848 encontró eco inmediato en Alemania. En marzo, se produjeron en todos los Estados de la Confederación alzamientos populares que obligaron a los atemorizados príncipes a hacer concesiones. En mayo, en la iglesia de San Pablo, en Francfort, se reunió la Asamblea Nacional. Eligió al archiduque austriaco Juan como regente del Imperio y creó un ministerio del Imperio que, desde luego, no tuvo ningún poder y tampoco adquirió autoridad alguna. En la Asamblea Nacional predominaba el centro liberal, que aspiraba a una monarquía constitucional con participación electoral restringida. La sanción de una Constitución se vio dificultada por el fraccionamiento de la Asamblea Nacional: desde los conservadores hasta los demócratas radicales; se anunciaba así ya el espectro futuro de los partidos políticos. Pero tampoco el centro liberal pudo superar las oposiciones que existían en todas las agrupaciones entre los partidarios de la solución de la «gran Alemania» es decir, el Imperio Alemán, y los partidarios de la «pequeña Alemania», con la exclusión de Austria. Tras arduas discusiones, se elaboró una Constitución que procuraba vincular lo viejo y lo nuevo y establecía un gobierno responsable ante el Parlamento. Sin embargo, cuando Austria insistió en incorporar al futuro Imperio todo su territorio (que comprendía una docena de diferentes pueblos), triunfó la concepción de la «pequeña Alemania» y la Asamblea Nacional ofreció la corona hereditaria del Imperio al rey Federico Guillermo IV de Prusia. El rey la rechazó; no quería deber la dignidad de emperador a una revolución. En mayo de 1849 fracasaron en Sajonia, en el Palatinado y también en Baden, las revueltas populares que intentaron imponer la Constitución «desde abajo». Con esto quedaba definitivamente sellada la derrota de la Revolución. La mayoría de las conquistas fueron dejadas sin efecto, las Constituciones de los diferentes Estados fueron reformadas en un sentido reaccionario. En 1850 se restableció la Confederación Germánica.

El auge de Prusia. Los años cincuenta fueron un período de gran crecimiento económico. Alemania se convirtió en país industrial. En su volumen de producción estaba aún lejos de alcanzar a Inglaterra, pero, en poco tiempo, superó la distancia que los separaba. Los pilares de este desarrollo fueron la industria pesada y la construcción de maquinaria. Prusia se convirtió también económicamente en la potencia preponderante de Alemania. El poder económico reforzó la conciencia política de la burguesía liberal. El Partido Progresista Alemán, fundado en 1861, se convirtió en el partido más importante del parlamento prusiano y negó al gobierno los fondos requeridos cuando éste intentó introducir una reforma reaccionaria en la estructura del ejército. El nuevo primer ministro, Otto von Bismarck (1862), aceptó el desafío y gobernó durante varios años sin contar con la aprobación parlamentaria del presupuesto, tal como lo exigía la Constitución. El Partido Progresista Alemán no se atrevió a llevar su resistencia más allá de la oposición parlamentaria.

Bismarck pudo consolidar su precaria posición interna gracias a sus éxitos en la política exterior. En la Guerra germano-danesa (1864), Prusia y Austria obligaron a Dinamarca a ceder Schleswig-Holstein, que en un primer momento quedó bajo la administración conjunta de aquellos dos países. Sin embargo, desde el comienzo, Bismarck se había propuesto la anexión de los dos ducados y provocó un conflicto abierto con Austria. En la Guerra Alemana (1866), Austria fue derrotada y se vio obligada a abandonar el escenario alemán. La Confederación Germánica fue disuelta; en su lugar apareció la Confederación del Norte de Alemania con Bismarck como canciller, que comprendía a todos los Estados alemanes situados al norte del río Meno.

El Imperio bismarckiano. Bismarck trabajó para conseguir la unidad alemana en el sentido de la «pequeña Alemania». La resistencia francesa a este proyecto culminó en la Guerra franco-alemana (1870-1871), provocada por un conflicto diplomático acerca de la sucesión del trono de España. La Francia derrotada tuvo que ceder Alsacia y Lorena y pagar una fuerte suma en concepto de reparaciones de guerra. Llevados por el entusiasmo patriótico de la guerra, los Estados alemanes del Sur se unieron a la Confederación del Norte de Alemania y formaron el Imperio Alemán; en Versalles, el 18 de enero de 1871, el rey Guillermo I de Prusia fue proclamado emperador (Káiser) de Alemania. La unión alemana no se había producido por una resolución popular, «desde abajo», sino por un acuerdo de príncipes, «desde arriba». El predominio de Prusia era impresionante; a muchos se les presentaba el nuevo imperio como una «gran Prusia». El Parlamento del Reich (Reichstag) era elegido por sufragio electoral universal e igual. No tenía por cierto ninguna influencia en la formación del gobierno pero sí en la ejecución de los asuntos de gobierno, a través de su participación en la legislación del Reich y de sus atribuciones presupuestarias. A pesar de que el Canciller del Reich era responsable solo ante el káiser y no ante el Parlamento, tenía que procurar lograr una mayoría en el Reichstag para su política. En los distintos Länder existía todavía un derecho electoral no unitario para la elección de los representantes del pueblo. En once de los Estados todavía estaba vigente el sufragio de clases, dependiente de los ingresos fiscales, y en cuatro pervivía el antiguo régimen estamental. Los Estados alemanes del sur, que tenían una más larga tradición parlamentaria, reformaron a comienzos del siglo su derecho electoral y Baden, Wurtemberg y Baviera equipararon su derecho electoral al que regía para la elección del Reichstag. El desarrollo de Alemania hacia un país industrial moderno reforzó la influencia de la económicamente exitosa burguesía. Sin embargo, el tono siguió siendo dado por la nobleza y, sobre todo, por el cuerpo de oficiales del ejército, compuesto en su mayor parte por miembros de la nobleza.

Bismarck gobernó durante diecinueve años como canciller del Reich. A través de una coherente política de paz y de alianzas, procuró lograr para el Imperio una posición segura en la nueva constelación de fuerzas europeas. En contraste con esta inteligente política exterior se encontraba su política interna. No pudo comprender nunca las tendencias democráticas de la época; calificaba a la oposición política de «enemiga del Imperio». Con toda dureza, pero sin éxito, combatió contra el ala izquierda de la burguesía liberal, contra el catolicismo político y, sobre todo, contra el movimiento obrero organizado, al que prácticamente mantuvo al margen del derecho, en virtud de la «Ley sobre los socialistas», durante doce años (1878-1890). Así, la poderosa clase obrera, no obstante la legislación social avanzada, fue excluida del manejo del Estado. Bismarck cayó victima de su propio sistema cuando, en 1890, fue alejado de sus funciones por el joven emperador Guillermo II.

Guillermo II quería gobernar personalmente pero carecía de la constancia y conocimientos necesarios. Más a través de sus discursos que de sus acciones, despertó la impresión de ser un gobernante violento, capaz de poner en peligro la paz. Bajo su gobierno, se produjo el paso a la «política mundial»; Alemania trató de acortar la distancia que la separaba de las grandes potencias imperialistas y cayó con ello en un creciente aislamiento. En la política interna, Guillermo II adoptó una línea reaccionaria después que su intento de lograr la colaboración de la clase obrera para su «Imperio social» no tuviera el rápido éxito que esperaba. Sus cancilleres se apoyaron en cambiantes coaliciones conservadoras y burguesas; la socialdemocracia, a pesar de ser uno de los partidos más poderosos, con un electorado a su favor de millones de personas, permaneció ajena a toda participación en el gobierno.

La Primera Guerra Mundial. El asesinato del heredero del trono austriaco, el 28 de junio de 1914, provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. La cuestión acerca de la culpa en esta guerra sigue siendo controvertida. Ciertamente no fue querida conscientemente ni por Alemania y Austria de un lado, ni por Francia, Rusia e Inglaterra, por el otro; pero todos estuvieron dispuestos a asumir el correspondiente riesgo. Todos estos países tuvieron desde el comienzo metas bélicas claramente delimitadas para cuya realización un enfrentamiento militar al menos no parecía rechazable. La rápida derrota de Francia, prevista en el plan de ataque alemán, no se logró. Por el contrario, después de la derrota alemana en la batalla del Marne, la lucha en el Oeste se convirtió en una guerra de trincheras que culminó en un absoluto disparate militar que ocasionó inmensas pérdidas para ambas partes. Desde el comienzo de la guerra el káiser pasó a segundo plano y a lo largo de la misma los débiles Cancilleres del Reich tuvieron que someterse cada vez más a la presión de la conducción suprema del ejército con el mariscal de campo Paul von Hindenburg como jefe nominal y el general Erich Ludendorff como jefe efectivo. Finalmente, el ingreso de los Estados Unidos en la guerra, en 1917, trajo consigo el resultado que hacía ya tiempo se preveía y que no pudo ser modificado ni por la revolución en Rusia ni por la paz en el Este. A pesar de que el país estaba totalmente desangrado, Ludendorff, con desconocimiento de la situación, insistió hasta septiembre de 1918 en una «paz victoriosa», para terminar pidiendo sorpresivamente un armisticio inmediato. A la catástrofe militar siguió el descalabro político. Sin ofrecer resistencia alguna, en noviembre de 1918, el káiser y los príncipes reinantes abdicaron a sus tronos; nadie movió un dedo para defender una monarquía totalmente desacreditada. Alemania se transformó en República.

La República de Weimar. El poder cayó en manos de los socialdemócratas. La mayoría de sus miembros hacia tiempo que había abandonado las ideas revolucionarias de los primeros años y consideraba que su tarea principal consistía en garantizar una transición ordenada de la vieja a la nueva forma de organización política del Estado. La propiedad privada en la industria y en la agricultura quedó intacta; los funcionarios y los miembros del poder judicial, a pesar de ser en su gran mayoría antirrepublicanos, fueron mantenidos en sus cargos; el cuerpo de oficiales imperiales conservó el mando de las tropas. Se actuó militarmente en contra de los intentos de las fuerzas radicales de izquierda por imprimir a la revolución una orientación socialista. La Asamblea Nacional, elegida en enero de 1919 y que se reuniera en Weimar, promulgó una nueva Constitución del Reich. En esta Asamblea, la mayoría estaba integrada por tres partidos eminentemente republicanos: los socialdemócratas, el Partido Democrático Alemán y el Centro. Pero, a lo largo de los años veinte, tanto en el Parlamento como en el pueblo, adquirieron cada vez más importancia aquellas fuerzas que adoptaron una posición de cierta reserva frente al Estado democrático. La República de Weimar fue una «república sin republicanos», furiosamente combatida por sus enemigos y defendida sin entusiasmo por sus partidarios. Sobre todo la penuria económica de la posguerra y las gravosas condiciones impuestas por el tratado de paz de Versalles, que Alemania se vio obligada a firmar en 1919, dieron origen a un profundo escepticismo con respecto a la República. La consecuencia fue una creciente inestabilidad en el ámbito de la política interna.

En 1923 las convulsiones de la posguerra alcanzaron su punto culminante (inflación, ocupación de la zona del Ruhr, «putsch» de Hitler, intentos comunistas de derrocar el gobierno); luego, con la recuperación económica, se produjo una cierta normalización política. La política exterior de Gustav Stresemann permitió que la derrotada Alemania, a través del Tratado de Locarno (1925) y del ingreso en la Sociedad de Naciones (1926), recuperara la igualdad de derechos políticos. El arte y las ciencias experimentaron, en los «dorados años veinte», un breve e intenso florecimiento.

Después de la muerte del primer presidente del Reich, el socialdemócrata Friedrich Ebert, fue elegido, en 1925, jefe del Estado el mariscal de campo Hindenburg, candidato de la derecha. Se atuvo estrictamente a la Constitución, pero nunca tuvo una auténtica comprensión del Estado republicano. La decadencia de la República de Weimar comenzó con la crisis económica mundial de 1929. El radicalismo de izquierda y de derecha utilizaron en su provecho la desocupación y la precaria situación general. En el Parlamento ya no fue posible contar con una mayoría capaz de asumir las funciones de gobierno; los gabinetes dependían del apoyo del presidente del Reich. El hasta entonces insignificante movimiento nacionalsocialista de Adolfo Hitler, que vinculaba tendencias totalmente antidemocráticas y un furioso antisemitismo con una propaganda seudorrevolucionaria, adquirió súbitamente importancia a partir de 1930 y, en 1932, se convirtió en el partido más poderoso. El 30 de enero de 1933 Hitler fue designado canciller del Reich. Además de miembros de su partido, integraron el gabinete algunos políticos de la derecha y ministros técnicos sin afiliación política, hecho que permitió concebir la esperanza de que se podría evitar una autocracia de los nacionalsocialistas.

La dictadura nacionalsocialista. Hitler se desprendió rápidamente de sus aliados; a través de una «ley de otorgamiento de poderes», que aprobaron todos los partidos burgueses, se aseguró unas atribuciones de gobierno prácticamente ilimitadas y prohibió todos los partidos políticos fuera del propio. Los sindicatos fueron destruidos, se derogaron de hecho los derechos fundamentales y se suprimió la libertad de prensa. En contra de las personas no adictas al régimen se procedió con despiadado terror; miles de ellas desaparecieron sin proceso judicial previo en campos de concentración rápidamente organizados a tal efecto. Los órganos parlamentarios de todos los niveles fueron abolidos o amordazados. Cuando murió Hindenburg, en 1934, Hitler reunió en su persona los cargos de canciller y presidente del Reich. De esta manera, en tanto jefe supremo de las fuerzas armadas, tuvo en sus manos al ejército que, hasta entonces, había llevado una vida en cierto modo independiente.

En los pocos años de la República de Weimar, la adhesión a un orden democrático en libertad no había logrado enraizarse profundamente en la mayoría de los alemanes. Sobre todo las convulsiones internas a lo largo de aquellos años, los reiterados enfrentamientos violentos, que llegaron hasta sangrientas batallas callejeras entre los adversarios políticos, y la desocupación masiva provocada por la crisis económica mundial habían conmovido fuertemente la confianza en el poder del Estado. En cambio Hitler, con sus programas de trabajo y armamentismo, logró revitalizar la economía y reducir rápidamente la desocupación. Aquí se vio beneficiado por el final de la crisis económica mundial.

El que Hitler en un primer momento también pudiera imponer casi sin resistencia los objetivos de su política exterior fortaleció adicionalmente su posición: en 1935 el Sarre, que hasta entonces había estado bajo la administración de la Sociedad de Naciones, fue reintegrado a Alemania y en el mismo año el Reich recuperó la soberanía en el plano militar; en 1936 las tropas alemanas invadieron Renania, que había sido desmilitarizada en 1919; en 1938 Austria fue anexionada al Reich y las potencias occidentales permitieron a Hitler la anexión de los Sudetes. Todo esto le facilitó la realización de sus demás metas, aun cuando en todos los estratos de la población hubo personas que valientemente ofrecieron resistencia a la dictadura.

Inmediatamente después de la toma del poder, el régimen había comenzado a llevar a la práctica su programa de antisemitismo. Poco a poco se privó a los judíos de todos los derechos humanos y civiles. Quien pudo, procuró escapar a estas vejaciones huyendo al extranjero.

La persecución de los adversarios políticos y la opresión de la libertad de opinión empujaron también a miles de personas fuera del país. Muchos de los intelectuales, artistas y científicos alemanes más ilustres emigraron.

La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias. Sin embargo, Hitler quería más. Desde el comienzo realizó los preparativos para una guerra que estaba dispuesto a llevar a cabo a fin de lograr la dominación de Europa. Esto ya se patentizó en marzo de 1939, cuando hizo entrar a sus tropas en Checoslovaquia. El 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia, desencadenó la Segunda Guerra Mundial, que duró cinco años y medio, asoló gran parte de Europa y les costó la vida a 55 millones de personas.

Al principio, las tropas alemanas vencieron a Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Francia, Yugoslavia y Grecia; en la Unión Soviética avanzaron hasta cerca de Moscú y en el Norte de Africa amenazaron el Canal de Suez. En los países conquistados se estableció un duro régimen de ocupación frente al que se alzaron los movimientos de resistencia. En 1942 el régimen comenzó con la «solución final de la cuestión judía»: todos los judíos que pudieron ser detenidos fueron conducidos a los campos de concentración y asesinados. Se calcula que el número total de víctimas alcanza los seis millones. En el mismo año en que se iniciaba este crimen inconcebible, se producía también un viraje en la guerra; a partir de entonces comenzaron las derrotas en todos los frentes.

El terror del régimen y las derrotas militares reforzaron la resistencia interna contra Hitler. Sus representantes procedían de todos los sectores de la población. Una rebelión conducida principalmente por oficiales del ejército fracasó el 20 de julio de 1944. Hitler sobrevivió a un atentado con bomba en su cuartel general y se vengó sanguinariamente. Más de cuatro mil personas de todos los estratos sociales que habían participado en la resistencia fueron ejecutadas en los meses siguientes. Como figuras destacadas de la resistencia baste mencionar aquí, en representación de todas las víctimas, al capitán general Ludwig Beck, al coronel Conde Stauffenberg, al ex alcalde de Leipzig Carl Goerdeler y al líder socialdemócrata Julius Leber.

La guerra continuó. A costa de una inmensa cantidad de víctimas, Hitler prosiguió la lucha hasta que todo el territorio del Reich estuvo ocupado por los Aliados; el 30 de abril de 1945 el dictador se suicidó. El sucesor a quien designara en su testamento, el almirante Dönitz, firmaba ocho días más tarde la rendición incondicional.


DEUTSCH
ENGLISH
ESPAÑOL
FRANÇAIS
.
LA LEY FUNDAMENTAL
LOS ÓRGANOS CONSTITUCIONALES
EL ORDENAMIENTO JURÍDICO
FEDERALISMO Y AUTONOMÍA
PARTIDOS Y  ELECCIONES
PAÍS Y GEOGRAFÍA 
LOS ESTADOS FEDERADOS
LA POBLACIÓN
CIUDAD Y ESTADO DE HAMBURGO 
HISTORIA HASTA 1945
HISTORIA DE 1945 HASTA HOY
HISTORIA DE HAMBURGO
X
X
X

© Presse- und Informationsamt der Bundesregierung